jueves, 2 de mayo de 2013

EL PROCESO DE DEMONIZACIÓN DE LA MUJER - Texto de Yolanda Beteta Martín


LOS DELITOS DE LAS BRUJAS
LA PUGNA POR EL CONTROL DEL CUERPO FEMENINO 

Texto: Yolanda Beteta Martín 
Universidad Complutense de Madrid 


EL PROCESO DE DEMONIZACIÓN DE LA MUJER


 La imagen de la decapitación de Juan el Bautista y la entrega de su cabeza a Salomé en una bandeja de plata constituyen una representación de los temores masculinos ante una posible desestructuración del orden social erigido sobre un marco normativo que invisibilizaba a las mujeres en el ámbito privado. Los fantasmas del miedo masculino se desatan ante las posibilidades que plantean la autoría femenina y la entrada de las mujeres en la cultura. 

La perspectiva de que las mujeres transgredan el tradicional rol femenino, que las concibe como sujetos destinados a perpetuar el linaje familiar y servir a las necesidades masculinas, convierte a las mujeres en una amenaza potencial que debe ser silenciada y deslegitimada desde todas las esferas sociales, económicas, jurídicas y políticas. 






La misoginia bajomedieval, impulsada por el discurso eclesiástico y el inmovilismo androcéntrico, recupera la imagen de la naturaleza femenina heredada de la tradición cristiana, semítica y oriental que encuentra su máximo exponente en una figura literaria e iconográfica que ha pervivido hasta la actualidad: la bruja, uno de los “monstruos femeninos” de mayor trascendencia en la imaginería occidental. Para comprender las ramificaciones de la agresividad vertida sobre las mujeres en el medievo es necesario analizar el recrudecimiento del discurso patrístico y la deslegitimación del saber empírico femenino mediante la demonización de las curanderas, sanadoras y parteras que quedan asociadas a la imagen literaria de “la bruja”. Para ello es necesario realizar una revisión histórica de la retórica patriarcal que rescata y reelabora una imagen de la mujeres como seres de naturaleza impura, diabólica y monstruosa. 




La demonización de las mujeres como una estrategia de desautorización no es casual. En el siglo XV el discurso teológico sitúa la brujería como una de las grandes preocupaciones eclesiásticas. La promulgación de la bula Summis desiderantus affectibus expedida por Inocencio VIII en 1484 y la publicación del Malleus Maleficarum recrudecen la percepción de las mujeres como seres naturalmente inclinados al mal y a los asuntos diabólicos. Aunque el miedo a la brujería no estuvo tan arraigado en los reinos hispánicos como en otros países europeos, la representación de las mujeres como seres inclinados a los asuntos demonológicos, la persecución de las tradiciones paganas y la reacción eclesiástica contra los movimientos heréticos recrudecieron el discurso misógino imperante que se institucionalizará en el Concilio de Trento



La demonización de la naturaleza femenina en la Baja Edad Media no puede entenderse sin el auge de la demonología a finales del Medievo. La sociedad medieval se caracterizaba por una fuerte sacralización de la vida cotidiana. Cualquier actividad estaba mediatizada por una religiosidad derivada de las normativas eclesiásticas que regulaba desde el nacimiento de un niño hasta la muerte de un individuo. Pero junto a esa constatación de que la divinidad estaba presente en cada momento de la vida diaria, encontramos también una creencia progresiva en el demonio y en sus artimañas para arrastrar a los hombres al pecado y la condenación. 




Esta creencia en el demonio se extiende por Europa a partir de los siglos XI y XII, pero es en el siglo XIV, a tenor de los movimientos religiosos derivados de la “devotio moderna” que cuestionan la jerarquía eclesiástica, cuando la demonología -afirmación de la existencia del demonio- condicionó la vida de las gentes y fue aprovechada por las autoridades civiles y eclesiásticas para deslegitimar todas aquellas actitudes y discursos que caían en la transgresión social. Es en los siglos XIV y XV cuando los tratados de demonología inundan Europa y se impulsa la edición de obras que acreditan el inmenso poder del demonio como el tratado De la Demonomanie des sorciers de Jean Bodin, Monstruos y prodigios de Ambroise Paré y la propia edición del Malleus Malleficarum.  El demonio, por tanto, constituía una verdadera obsesión para los hombres y mujeres de la Edad Media. El diablo era el punto de referencia al que se acudía para explicar todo aquello que carecía de una explicación racional, desde condiciones climatológicas adversas hasta malas cosechas, el padecimiento de enfermedades y el nacimiento de niños con deformidades físicas. La imagen del demonio se asociaba a animales tales como machos cabríos, sapos, cerdos negros, lobos y gatos, y a figuras humanas de aspecto lúgubre y rasgos grotescos; unas imágenes alimentadas por las descripciones de predicadores y teólogos que alimentaron la imaginación popular y la inspiración de los artistas que dieron forma plástica a este imaginario. 

En este contexto demonológico se inicia la demonización de la naturaleza femenina que impregna todas las manifestaciones artísticas difundiendo la imagen de un nuevo Satán con cuerpo femenino. 

                                         
                                             




                                                            
 Los primeros padres de la Iglesia refuerzan la relación entre las mujeres y el mal e inciden en su naturaleza diabólica, pese a que a 
partir del siglo IV se inicia una paulatina recuperación de la espiritualidad femenina a través de la figura de María. Lactancio persevera en la capacidad de las mujeres para atraer sexualmente a los demonios (LACTANCIO, 1990: 227) y Tertuliano resalta la facilidad del diablo para tentar a las mujeres al afirmar: “(…) ¿No sabes que tú eres Eva? (…) Tú eres la puerta del diablo, tú eres la que abriste el sello de aquel árbol, tú eres la primera transgresora de la ley divina. Tú eres la que persuadiste a aquél a quien el diablo no pudo atacar; tú destruiste tan fácilmente al hombre, imagen de Dios; por tu merecimiento, esto es, por la muerte, incluso tuvo que morir el Hijo de Dios” (TERTULIANO, 2001: 27).

San Agustín sienta las bases del “pacto diabólico” entre la bruja y el diablo que esté en el 
núcleo de las persecuciones de brujas en la Europa Moderna y reconoce la capacidad del diablo para adoptar formas corporales y mantener relaciones sexuales con las mujeres (SAN AGUSTÍN, 1984: 354-356). Y Santo Tomás de Aquino segura que las mujeres pueden engendrar hijos del diablo (SANTO TOMÁS, 1951: 17 y ss). Otros autores como San Antonio, San Buenaventura, San Jerónimo, San Gregorio el Grande, San Juan de Damás o San Juan Crisóstomo definen a las mujeres como armas del diablo, lanzas del demonio y centinelas avanzados del infierno. No obstante, la exaltación de la naturaleza diabólica de las mujeres se sitúa en un segundo plano en la Alta Edad Media y resurge con fuerza a finales del siglo XIV reforzando los argumentos androcéntricos que deslegitiman las reivindicaciones de la Querella de las Mujeres. Hasta el siglo XV se mantiene la idea agustiniana de que las mujeres son instrumentos mediadores entre el diablo y los hombres; los demonios masculinos –íncubos- podían seducir a las mujeres y tener hijos con ellas extendiendo así el mal entre la sociedad, pero no se concebía un origen femenino del mal. Esta idea surge con la figura de los demonios femeninos –súcubos- y con los pactos entre las mujeres y los demonios que difunde la literatura medieval a finales del siglo XIV como una estrategia de desautorización femenina. La misoginia medieval radicaliza su discurso ante el cuestionamiento crítico que la Querella de las Mujeres realiza sobre los postulados patriarcales. 







Pero en el siglo XV el cuestionamiento crítico del sistema patriarcal que acompaña a la Querella de las Mujeres, los movimientos heréticos en el seno del cristianismo y la condena eclesiástica a las prácticas mágicas, transforman la tradición medieval y sitúan a las mujeres como seres maléficos. A lo largo de la Edad Media la magia gozó de una amplia popularidad. Las actividades mágicas establecían una conexión entre lo inexplicable y la realidad, fruto del mestizaje entre las tradiciones y creencias clásicas, orientales y hebreas. Sin embargo, en la Baja Edad Media se inicia un proceso de identificación entre las prácticas mágicas y la demonología de la mano de las tesis de San Agustín que sitúa a las adivinas, magas, curanderas y hechiceras en una esfera sobrenatural y diabólica en la que se gestará el estereotipo de la bruja de la Edad Moderna. Pese a 
que la magia y la hechicería eran practicadas por hombres y mujeres, la misoginia del siglo XV convirtió los “asuntos brujeriles” en una práctica femenina, y las mujeres se convirtieron en el chivo
expiatorio de un proceso inquisitorial que intentaba reforzar la unidad de la Iglesia mediante la eliminación de cualquier rastro pagano y herético. 

La demonización de las mujeres se radicaliza en el siglo XV y la fuente literaria que sintetiza esta percepción de la condición femenina es el tratado de brujería Malleus Maleficarum publicado en 1486. El Malleus Maleficarum es la culminación de un proceso que convierte a las mujeres en seres monstruosos, en la personificación de todos los temores relacionados con la sexualidad y en el “símbolo de la concupiscencia”. 

La razón de su inclinación natural hacia los asuntos demoníacos procede de su propia creación edénica y de su insaciable apetito sexual. “La razón natural explica que es más carnal que el varón, como se demuestra por sus múltiples torpezas carnales. Podría notarse además, que hay como un defecto en la formación de la primera mujer porque fue formada de una costilla curva, es decir, de una costilla del pecho, que está torcida y es como opuesta al varón. De este defecto procede también, que como es animal imperfecto, siempre engaña (…) 






Todas estas cosas de brujería provienen de la pasión carnal, que es insaciable en estas mujeres. Como dice el libro de los Proverbios: hay tres cosas insaciables y cuatro que jamás dicen bastante: el infierno, el seno estéril, la tierra que el agua no puede saciar, el fuego que nunca dice bastante. Para nosotros aquí: la boca de la vulva. De aquí que, para satisfacer sus pasiones, se entreguen a los 
demonios. Podrían decirse más cosas, pero para quien es inteligente, parece bastante para entender que no hay nada de sorprendente en que entre las mujeres haya más brujas que 
entre los hombres. En consecuencia, se llama a esta herejía no de los brujos, sino de las brujas” (KRAMER & SPRENGER: 2004, 106-107). 




El Malleus Maleficarum recogió la esencia de la demonización femenina que se gestó a lo largo de los siglos XIII, XIV y XV, endureció la misoginia dominante y desató una oleada de 
desconfianza hacia las mujeres que pasaron a ser consideradas como siervas del diablo. Los ecos del Malleus impregnaron todos los ámbitos de la sociedad bajomedieval, y la literatura no pudo 
mantenerse al margen de esta nueva corriente ideológica que recrudece la misoginia a lo largo de todo el medioevo. Aunque el Malleus fue fríamente acogido en los territorios hispánicos, las voces críticas que intentan frenar las reivindicaciones femeninas de la Querella de las Mujeres utilizarán el nuevo discurso eclesiástico que inunda Europa como una nueva estrategia de desautorización 
femenina. 

A tenor de lo explicado con anterioridad, las mujeres se convierten en el chivo expiatorio sobre el que verter los temores de la autoridad patriarcal ante las reivindicaciones derivadas de la Querella de las Mujeres. 




La deslegitimación de las mujeres que se radicaliza a partir del siglo XV responde a uno de los estereotipos de persecución que René Girad señala como propios de la Edad Media: la persecución con resonancias colectivas, es decir, la respuesta violenta de las estructuras políticas y eclesiásticas que adopta un marco de legalidad que respalda la acción y que, a su vez, son estimuladas por una opinión pública sobreexcitada. Las persecuciones con resonancia colectivas se desarrollan fundamentalmente en periodos de crisis estructurales que debilitan las instituciones públicas y favorecen la formación de multitudes capaces de ejercer sobre ellas una presión colectiva. En este tipo de persecución se puede enmarcar la deslegitimación de las mujeres que acompaña a la Querella y la posterior la caza de brujas que asoló Europa en los siglos XV y XVI. Como señala Girard, los perseguidores acaban por convencerse de que un pequeño grupo de individuos, o incluso uno solo, puede llegar a ser extremadamente nocivo para la sociedad pese a su debilidad relativa. Las acusaciones estereotipadas y conjuntas permiten focalizar con precisión la culpabilidad de los chivos expiatorios y sirve de puente entre la pequeñez del individuo y la enormidad del cuerpo social. La acusación acerca a los transgresores a los mecanismos sancionadores y confiere unidad a la sociedad a través de la elección de un grupo claramente definido sobre el que volcar el descontento social. Para que la deslegitimación del grupo social sea efectiva “han de herirle directamente en el corazón o en la cabeza” o bien iniciar el proceso de persecución a escala individual hasta extender el miedo a la transgresión a escala global.  Ante la amenaza de desestabilización del sistema patriarcal que conlleva la Querella de las Mujeres, las autoridades androcéntricas responden desencadenando una reacción visceral contra las mujeres que se dirige a dos esferas con una fuerte carga cultural: el ámbito puramente social y el ámbito de lo inconsciente o imaginario simbólico. En el primero de ellos, se inicia un proceso gradual de control social para recluir a las mujeres en espacios controlados por la autoridad masculina -integración de los movimientos religiosos femeninos vinculados a la “devotio moderna” en las órdenes religiosas-. En el segundo, se produce un recrudecimiento de la misoginia patrística para revitalizar la impureza de la naturaleza femenina de la mano de la figura de Eva e intervenir directamente sobre el cuerpo femenino para anular cualquier atisbo de autonomía femenina. En esta segunda forma de control social, el cuerpo de las mujeres ocupa un lugar central. 

Durante la Baja Edad Media la acusación de brujería abarcó numerosos delitos, desde la subversión política y herejía religiosa hasta la inmoralidad y la blasfemia. Pero todas las acusaciones tenían como nexo de unión su condena a la naturaleza femenina. Tales acusaciones partían de un núcleo normativo que demonizaba a las mujeres por el simple hecho de serlo. Los autos de fe recogen tres acusaciones principales que se repiten sistemáticamente en los procesos contra las brujas en la mayor parte de Europa: lascivia, organización y conocimientos mágicos o saberes médicos empíricos. La acusación de lascivia responde al miedo androcéntrico a la capacidad “castradora” de las mujeres y se erige como uno de los miedos primarios del imaginario patriarcal. La simbología de las mujeres como castradoras de la masculinidad y la percepción de la feminidad como una negación y mutilación de la virilidad despertó al mismo tiempo el deseo y el temor masculino hacia la sexualidad de las mujeres. El deseo de ser poseídos por mujeres sexualmente activas y el temor a ver mermada su masculinidad -mito de la vagina dentata- impulsa una redefinición de la sexualidad femenina que bascula entre ambas pulsiones primarias, el deseo hacia lo femenino y el temor hacia la sexualidad castradora. 




Pero la mentalidad patriarcal no perfiló a las brujas sólo como mujeres sexualmente activas sino que, además, estaban organizadas. La posibilidad de que las mujeres pudieran organizarse para compartir y hacer uso de un conocimiento empírico que podía rivalizar con el saber médico masculino que se impartía en las universidades suponía una transgresión peligrosa. El imaginario 
simbólico patriarcal fomentó el temor a la capacidad de actuación colectiva de las mujeres deslegitimando todas aquellas actividades grupales que se realizaban al margen de la autoridad masculina. La creación de un imaginario poblado de aquelarres, sabbats y pactos colectivos con el diablo fomentó la deslegitimación de las mujeres al incidir en el carácter demoníaco de la naturaleza femenina. 









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